Hoy asistimos a pasos tímidos de las instituciones democráticas por recuperar la memoria, por devolver la dignidad a los familiares que no saben donde fue enterrado aquel abuelo que jamás conoció, ¿qué paso con el padre, tío, hermano que nunca volvió a ver tras una borrascosa tormenta que sacudió su infancia?.
Los recuerdos de llantos, el silbido de las bombas o la angustia de no saber si mañana le tocaría morir a él, solo son los recuerdos que nuestro país soporta en las noches más angustiosas de su existencia moderna, pesadillas que no deben volver a ser el día a día de un país que mira hacía el futuro con respeto e ilusión.
Pero que al mismo tiempo debe saber lo que ocurrió y recuperar su plenitud memorística, para saberse libre del pasado.
Porque ninguna bomba pudo jamás frenar una idea, porque ningún silencio impuesto por el vencedor pudo jamás acallar la voz de la dignidad y la verdad.
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